La Sala De Espera

Voy a contaros una historia que os aseguro que no habéis escuchado antes…

Jamás pensé que un accidente de tráfico podría trastornar tanto mi mente, todo ocurrió en las vacaciones de verano del año pasado, íbamos a un monasterio en la montaña, nos quedaban aún ocho horas de largo camino.

La noche, era una de las más oscuras que he visto, no había Luna ni estrellas que arrojaran algo de luz sobre aquel triste y descuidado camino. A los lados los árboles se alzaban estrechando poco a poco aquel paso, todo era silencio, ni un alma por aquellos parajes.

Poco a poco una espesa niebla se cernía sobre nosotros haciendo que la visibilidad dejara mucho que desear, pero no podíamos parar el coche en mitad de aquel oscuro camino. Aunque, a pesar de todo, yo estaba tranquilo, ¿qué podía pasar? Estaba hablando con mi hermano gemelo. Nos estábamos riendo de Fred, cuando de repente, un gran lobo negro como el azabache emergió de la oscuridad de la noche. Mi padre giró el volante y esquivó al lobo, el cual se volatilizó en la niebla de la noche. El coche se desvió hacia un cercano acantilado, con lo que la caída fue inevitable causando un gran estruendo al impactar, salí del coche arrastrándome, me dolía todo, malherido, saqué el móvil y llamé a urgencias. Empecé a sacar del coche a mi madre, mi padre, y a mi hermano, debía darme prisa porque el coche estaba ardiendo y no tardaría en explotar. Lo conseguí ya estaban todos a salvo, pero me di cuenta de que faltaba mi mascota, volví sin fuerzas a por ella pero ya era demasiado tarde, el coche explotó cerca de mí y me quemó todo el cuerpo, veía y escuchaba las luces y sirenas en la lejanía. Perdí el conocimiento.


Me desperté en un hospital, me dolía todo pero no tenía ni un solo rasguño, ni siquiera una sola quemadura, me levanté a pesar de que no tenía muchas ganas. Aquello era tan cómodo. Me puse a mirar la habitación, no había ventanas y estaba todo en penumbra era el sitio perfecto para quedarse dormido, pero no tenía sueño después de todo, en la esquina de la habitación había una carpeta, la abrí y busqué la habitación de mis familiares, me di la vuelta y en el umbral de la puerta había una enfermera, me dijo que todavía no podía verlos y se fue, parecía incómoda.

Me dirigí a la habitación donde se supone que estaría mi familia, pero para mi sorpresa las camas estaban vacías, salí corriendo de allí horrorizado, ¿qué podía significar eso?. Cogí un autobús y me dirigí a casa, me tranquilicé y pensé que podrían estar allí, la gente hablaba sin parar pero me ignoraban, era como si no existiera. Bajé en la siguiente parada, decidí ir andando. No me agradaba el ambiente de autobús; ¿a qué se debía esa descortesía?, parecían tristes.

En la calle ocurría lo mismo, el cielo era de color rojo sangre, el cual lo producía la luz del Sol en el atardecer, y en el aire había algo que olía bastante mal, acabé acostumbrándome a ese olor tan repugnante, cuando llegué a mi casa no había nadie, ¿dónde estaba todo el mundo?. Me dirigí al cuarto de baño, encendí la luz y abrí el grifo, pero no había agua, la luz se apagó y vi mi propio reflejo en el espejo, me di cuenta de que no era yo el que había al otro lado de éste, sino que al que estaba viendo era a mi hermano, la luz volvió y allí estaba yo, reflejado en el cristal, ¿me estaría volviendo loco?.

Decidí salir a la calle de nuevo, para buscar algo o alguien que pudiera decir qué había sido de mi familia, pero todo fue en vano, no encontré periódicos ni nada por el estilo, estaba empezando a anochecer, todo adquirió un aspecto fantasmal, y volví pronto a casa, pues las calles de la ciudad no eran muy seguras, y mucho menos cuando caía la noche.

Volví por un callejón oscuro, había basura por todas partes, estaba infestado de ratas, pero algo se movió en la oscuridad, algo mucho más grande que una rata, me acerqué y lo vi, tenía los ojos azules, estaban apagados, gastados por el paso de los años, una gran barba que le tapaba la mayor parte del rostro su piel era pálida y vieja, parecía un fantasma, pero no lo era, podía sentir el pestilente olor de su aliento, aquel extraño anciano me causaba lástima, y le di algo de limosna, pero no la quería, me dijo que no le servía, sólo quería dormir, parecía muy angustiado, era como si no hubiera podido descansar en mucho tiempo, me dijo que me durmiera si tenía sueño, que no dejara escapar la ocasión. Estaba chiflado.


La noche oscureció cada rincón de aquella maldita ciudad, corrí como alma que lleva el diablo para llegar a mi casa, el sitio más seguro que había por aquellos lugares. Cuando llegué a mi casa, tenía hambre, abrí la nevera, sólo había polvo, nada más. Me senté en el sofá del salón y vi algo blanco que atravesó fugazmente el patio, me asusté, tengo que admitirlo, pero enseguida reconocí qué era aquello, un conejo blanco. Era Fred, ahora lo comprendí todo, estaba condenado a pasar la eternidad, vagando por aquel mundo que tan hostil y poco acogedor me parecía, lloré pero no pude ahogar mis penas, así que con resignación acaricié a Fred contemplando aquello que nunca creí que existiera.

Un sueño profundo invadió mi cabeza, aquel sitio se tornó en un tono azul cristal, mi imaginación cobró vida, era fantástico aquello era verdaderamente precioso, incluso aquel maldito olor empezó a desvanecerse me quedé dormido antes de darme cuenta, desperté en otro hospital, tenía una ventana por la que se podía ver un valle con un río, era de día, por fin había vuelto, ya estaba bien, ésta vez llamé a la enfermera, se alegró de que le hablara y me dijo que había estado dos semanas en coma desde lo del accidente, me dieron la baja y me fui, pero antes de salir de allí pude ver desde el umbral de la habitación 371 a aquel anciano que mendigaba por aquella ciudad fantasmal. Le conté lo que me había pasado a mis amigos, a mis familiares… Pero nadie me creía, yo sé lo que vi porque estuve allí, pero y tú ¿me crees?.


Firma: Samuel Quirós

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